Crear, inventar, escribir y dejar volar la imaginación. Si
le pidiéramos que enumerara sus principales habilidades y sus principales aficiones, la
respuesta a ambas preguntas sería la misma: crear, inventar, escribir y dejar
volar la imaginación.
Otra cosa no, pero una vez que tenía un bolígrafo en sus manos, una cámara de fotos o un lienzo en blanco y un pincel podían pasar horas sin que nadie supiera si seguía vivo o es que se movía por simple inercia. Su hermano solía decir que no se alimentaba de lo mismo que el resto de mortales, que los sueños, las historias y las experiencias le llenaban de vida. Anotaba, ya fuera mentalmente o en el pequeño cuaderno rojo atado con un lazo, todo lo que veía y sentía para después desarrollar todo un universo alrededor. Y hay que admitirlo, era un sensiblón. Sus historias siempre acababan con un final feliz, ya que era su pequeña manera de ayudar a esa gente. Puede que no conozca los detalles de tu vida, pero ten por seguro que en su cabeza, en la nueva leyenda que ha forjado para ti, todo acabará bien.
Un pequeño detalle, bajo su mirada, pasaba a ser un complejo universo de hechos que, nadie podría negarlo, sin duda existieron, ocurrieron alguna vez, ya fueran ciertos o no. Era tal la fuerza de sus invenciones que nadie podría haber jurado que no fueran reales.
Ese día, que para tantos de nosotros podría ser un día normal, para él era, como siempre, especial. Tocaba montar en globo.
El despertador sonó a las 6 de la mañana, con el tiempo justo para levantarse rápidamente, tomar un desayuno frugal, una ducha rápida, y salir corriendo al punto de encuentro. No, esperad, vamos con el tiempo justo, así que la ducha tendrá que esperar a la vuelta.
Ya en la calle se cruzó con un hombre delgado, de pinta algo extraña, que llevaba en sus brazos a su pequeño perro, e inventó su historia para él: Este hombre había perdido a su perro unas semanas antes, o más bien se lo habían llevado. Vive en una casa de campo, y paseando junto a la carretera un coche paró de repente, abrió las puertas, y se llevó a su perrito en un secuestro exprés digno de las mejores películas de acción. Sin embargo, no pidieron rescate y se aburrieron del perrito, por lo que acabaron abandonándolo en la calle.
Cuando un chico lo encontró decidió llevarlo al veterinario, y al descubrir quién era el dueño, le llamó. Habían quedado muy temprano esa mañana, y el triste hombre delgado había podido recuperar por fin a su pequeña mascota.
Un poco más adelante encontró a dos amigos que volvían a casa tras una noche de fiesta, y no volvían solos, sino que llevaban en brazos un gran sofá. El chico resolvió que lo habían encontrado en la calle y habían decidido llevárselo para gastar una broma a un tercer amigo, dejando el sofá dentro de la habitación de este. Eso está bien, hay que saber gastar bromas también.
Finalmente llegó a destino. El aire caliente estaba preparado, el globo aerostático listo, y la aventura de hoy apenas despuntaba en el horizonte, como el sol, que en ese momento empezaba a asomar.
Veinte minutos después cruzaban el cielo y disfrutaban, a vista de pájaro de toda la ciudad.
Venía preparado, por supuesto, abrigado, unos prismáticos, la cámara de fotos y su inseparable cuaderno.
Hizo miles de fotos, anotó miles de futuras historias y anécdotas, y soñó miles de aventuras.
Entonces, con los prismáticos, vio a una pareja que, asomados a un mirador, disfrutaban del amanecer. Y por supuesto, si cabía alguna duda, inventó su historia para ellos:
Habían quedado por primera vez en mucho tiempo, y después de pasar la noche juntos, acabaron allí. En ese momento se estaban besando, y se vio claro: seguro que ninguno quería ser el primero en besar a la otra persona y se estaba resistiendo a ceder hasta que ella no pudo más y le besó lentamente. No, no, eso no tiene sentido, seguro que fue él quien besó primero.
Después se irían a casa y, sin saberlo en ese momento, empezarían a forjar una historia de dos tan fuerte como el sol de esa mañana. Una de esas historias que surgen sin darte cuenta y al final son imposibles de romper. Una historia que duraría tantísimo tiempo que se perderían los detalles.
Pero entonces sintió un ligero pinchazo bajo el abrigo, bajo el jersey, bajo la camiseta y bajo el pecho. Soltó los prismáticos y se llevó las manos al corazón. Se recuperó en seguida, levantó la vista y volvió a buscar a la pareja, pero ya se habían ido. Tal vez habría que cambiar el final de la historia, tal vez no fuera tan fuerte, tal vez el sol de ese día no calentara tanto. Cogió su cuaderno, lo abrió, y por primera vez en su vida, en su universo, escribió un final triste para esa pareja.
Otra cosa no, pero una vez que tenía un bolígrafo en sus manos, una cámara de fotos o un lienzo en blanco y un pincel podían pasar horas sin que nadie supiera si seguía vivo o es que se movía por simple inercia. Su hermano solía decir que no se alimentaba de lo mismo que el resto de mortales, que los sueños, las historias y las experiencias le llenaban de vida. Anotaba, ya fuera mentalmente o en el pequeño cuaderno rojo atado con un lazo, todo lo que veía y sentía para después desarrollar todo un universo alrededor. Y hay que admitirlo, era un sensiblón. Sus historias siempre acababan con un final feliz, ya que era su pequeña manera de ayudar a esa gente. Puede que no conozca los detalles de tu vida, pero ten por seguro que en su cabeza, en la nueva leyenda que ha forjado para ti, todo acabará bien.
Un pequeño detalle, bajo su mirada, pasaba a ser un complejo universo de hechos que, nadie podría negarlo, sin duda existieron, ocurrieron alguna vez, ya fueran ciertos o no. Era tal la fuerza de sus invenciones que nadie podría haber jurado que no fueran reales.
Ese día, que para tantos de nosotros podría ser un día normal, para él era, como siempre, especial. Tocaba montar en globo.
El despertador sonó a las 6 de la mañana, con el tiempo justo para levantarse rápidamente, tomar un desayuno frugal, una ducha rápida, y salir corriendo al punto de encuentro. No, esperad, vamos con el tiempo justo, así que la ducha tendrá que esperar a la vuelta.
Ya en la calle se cruzó con un hombre delgado, de pinta algo extraña, que llevaba en sus brazos a su pequeño perro, e inventó su historia para él: Este hombre había perdido a su perro unas semanas antes, o más bien se lo habían llevado. Vive en una casa de campo, y paseando junto a la carretera un coche paró de repente, abrió las puertas, y se llevó a su perrito en un secuestro exprés digno de las mejores películas de acción. Sin embargo, no pidieron rescate y se aburrieron del perrito, por lo que acabaron abandonándolo en la calle.
Cuando un chico lo encontró decidió llevarlo al veterinario, y al descubrir quién era el dueño, le llamó. Habían quedado muy temprano esa mañana, y el triste hombre delgado había podido recuperar por fin a su pequeña mascota.
Un poco más adelante encontró a dos amigos que volvían a casa tras una noche de fiesta, y no volvían solos, sino que llevaban en brazos un gran sofá. El chico resolvió que lo habían encontrado en la calle y habían decidido llevárselo para gastar una broma a un tercer amigo, dejando el sofá dentro de la habitación de este. Eso está bien, hay que saber gastar bromas también.
Finalmente llegó a destino. El aire caliente estaba preparado, el globo aerostático listo, y la aventura de hoy apenas despuntaba en el horizonte, como el sol, que en ese momento empezaba a asomar.
Veinte minutos después cruzaban el cielo y disfrutaban, a vista de pájaro de toda la ciudad.
Venía preparado, por supuesto, abrigado, unos prismáticos, la cámara de fotos y su inseparable cuaderno.
Hizo miles de fotos, anotó miles de futuras historias y anécdotas, y soñó miles de aventuras.
Entonces, con los prismáticos, vio a una pareja que, asomados a un mirador, disfrutaban del amanecer. Y por supuesto, si cabía alguna duda, inventó su historia para ellos:
Habían quedado por primera vez en mucho tiempo, y después de pasar la noche juntos, acabaron allí. En ese momento se estaban besando, y se vio claro: seguro que ninguno quería ser el primero en besar a la otra persona y se estaba resistiendo a ceder hasta que ella no pudo más y le besó lentamente. No, no, eso no tiene sentido, seguro que fue él quien besó primero.
Después se irían a casa y, sin saberlo en ese momento, empezarían a forjar una historia de dos tan fuerte como el sol de esa mañana. Una de esas historias que surgen sin darte cuenta y al final son imposibles de romper. Una historia que duraría tantísimo tiempo que se perderían los detalles.
Pero entonces sintió un ligero pinchazo bajo el abrigo, bajo el jersey, bajo la camiseta y bajo el pecho. Soltó los prismáticos y se llevó las manos al corazón. Se recuperó en seguida, levantó la vista y volvió a buscar a la pareja, pero ya se habían ido. Tal vez habría que cambiar el final de la historia, tal vez no fuera tan fuerte, tal vez el sol de ese día no calentara tanto. Cogió su cuaderno, lo abrió, y por primera vez en su vida, en su universo, escribió un final triste para esa pareja.
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