miércoles, 22 de agosto de 2012

Entre libros

Que no importa los labios que quieras recoger, los corazones que quieras sembrar, los ojos en los que quieras perderte bajo la lluvia.

Me es indiferente si quieres dibujar a lápiz o prefieres marcar con indeleble; si el aire de mis pulmones es como el aire de un abanico o como una tormenta de cien huracanes.

Si nunca pido que estés, no pregunto dónde caminas o con quien recoges las migas de pan que dejé tiradas para seguir tu sendero.

Que nada cambia cuando la decisión se ha tomado, si tus palabras cantan vida aún cuando no consiguen escapar de tus labios, incluso el más leve suspiro no hace más que confirmar una elección acertada.



Empezamos en negro y pasamos a la imagen de un libro que cada vez se va haciendo más nítida. Grabamos con cámara al hombro, en primera persona y con ese pequeño baile propio de cada paso. Está de pie entre pasillos y pasillos de libros, por lo que mira hacia abajo, hacia la página que tiene abierta. En la otra mano un pequeño café, bastante dulce, en un envase para llevar y unos de esos pequeños cartones para evitar quemarse al sujetarlo. Levanta la cabeza y la cámara hace un pequeño contoneo. Empezamos a caminar, pasando entre más gente que ojea posibles compras en la librería.

Entonces una pequeña figura atraviesa la imagen sin que nos de tiempo a verla. La buscamos entre las estanterías, moviéndonos entre los huecos que los libros dejan ordenados por temas, pero lo más que vemos son otros clientes.

De repente en la sección de fotografía, cine y música (o tal vez fuera la de decoración), la encontramos. Pero no vemos su cara, solo pequeños retazos entre los pasillos de libros, y un pequeño bolso enganchado al hombro. Se gira y nos descubre. Es solo un segundo, un momento, un instante, un milenio, un universo. Un segundo en que levanta la mirada al comenzar a andar y de casualidad sus ojos y los nuestros se encuentran. Nerviosos, como si volviéramos a tener 12 años, nos escondemos, como el niño temeroso de que le hayan pillado cometiendo su mayor trastada pero que una vez recuperada la compostura vuelve a asomarse.
Y ahí está.

Esperando a que volvamos, a solo dos estanterías de distancia pero a todo un universo de conocimientos. No nos hablamos, no hace falta decir nada y las palabras ya están todas escritas en los libros que nos rodean. Solo nos miramos, siempre desde la seguridad de los muros de papel alrededor. Y nos lo contamos todo.

Como si el escenario hubiera sido previamente ideado, todos los libros explotan a la vez, una explosiones de palabras, de verbos, adjetivos, sustantivos, ensayos, poesía, fotografías, dibujos... remezclados en una amalgama de miradas que en el aire van tejiendo las frases (una palabra de aquí, otra de allí, una foto para ilustrar) que van dando forma a nuestras historias sin que se pronuncie un solo sonido.

Sin darnos cuenta nos hemos ido moviendo, hemos desnudado quienes somos con la mirada, ahora nos conocemos perfectamente. Un simple parpadeo y toda la librería vuelve a estar en su sitio, los libros perfectamente ordenados, las palabras y los colores han dejado de flotar en el aire. Y nos hemos movido. Hemos abandonado la seguridad de las estanterías y de repente estamos frente a frente.

Ahora solo queda decir algo.

Ahora solo queda hablar...

-Hola... soy...

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