Apenas una luz insinuante se cuela por la ventana. Insinuante pero lo bastante potente para marcar los contornos de la habitación y dibujar una imagen. Dibujar una imagen tanto de su cuerpo como de sus pensamientos.
Se acomoda en el sofá y se le hace pequeño, agobiante, como una carretera estrecha que apenas permite el paso del tiempo, o era el paso del coche, no lo recuerdo bien; como ese jersey un par de tallas más pequeñas que la tuya que genera toda esa ansiedad cuando quieres quitártelo y no te ves capaz. Y hace calor. Pero no ese calor fruto de una temperatura desproporcionada, ni el calor resultante de unos labios que al rozarse lentamente por tu cuello dejan, con el simple gesto de un suspiro, esa marca indeleble de una fugaz visita. Es el peor calor de todos, el calor de saberte en el lugar equivocado en el momento equivocado, el calor que, como pasiones, emerge de dentro creando instantes que parecen alargarse durante años.
Apenas viste un pantalón corto y aún está pensando si quitárselo. Con una pierna estirada y la otra ligeramente flexionada, girado sobre un lado, los brazos hacia arriba y dejados caer por encima de la cabeza, y los pensamientos a miles de kilómetros de aquí y en miles de lugares a la vez.
Apenas la presión hace martillear su cabeza como tan solo el más hábil herrero sabría hacer, los segundos se vuelven eternidades. Se ve perdido en un cuerpo de mujer que no le pertenece, impregnado del aroma de un cabello aún mojado que no dejará marca sobre su almohada ni permitirá al día siguiente rastro alguno de una, quizás, visita prohibida e improvisada. Se ve perdido en unas manos que no violarán la promesa autoimpuesta de acariciar un rostro que no es el suyo.
Apenas reconoce las vías que siempre recorre, se da cuenta de que llevan a lugares completamente diferentes, a calles estrechas de corazones frágiles, de arterias que marcan recorridos equivocados, de ríos que desembocan en el mismo sitio donde siempre lo hicieron pero llevando un agua completamente diferente. Está donde siempre, pero siente que no es donde debería estar ahora.
Apenas se ve capaz de callejear el camino marcado, y cada recodo que gira le muestra un nuevo paisaje y su objetivo cada más lejano, como ese agua que para escaparse entre los dedos primero los recorre con pasión y deja el rastro de una mano mojada; siempre mostrando hasta donde se debe llegar y al mismo tiempo siempre impidiendo que complete su viaje.
Pero sobre todo se ve perdido en sí mismo, en mirar hacia él y encontrar que no es quien podría ser, que no es capaz de dar todo lo que su interior alberga, y que recoge a pedazos rotos la idea de que tal vez sea mejor no entregarse pues no es justo dar a nadie solo una sombra de todo lo que un corazón con ganas de latir puede aportar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario